Sismo 2017

El pasado 19 de septiembre un fuerte temblor sacudió la Ciudad de México. Fue un temblor particular, por los rasgos que lo caracterizaron. Fue un sismo intraplacar, esto quiere decir que placas de la corteza terrestre no chocaron entre sí, sino que un bloque de una placa, la llamada placa de Cocos, se desprendió y cayó en el magma. Su epicentro fue muy cercano a la CDMX, en Jojutla, Morelos y, de ahí, su intensidad, que se mide por la aceleración del movimiento del suelo. En este caso, dicha aceleración fue de 60 km/hr., mientras que en el sismo de 1985 fue de 32. La profundidad del desprendimiento también determina la fuerza del movimiento sísmico, que se midió en 50 km. Este tipo de sismo son poco frecuentes.

Sin embargo, este temblor no vino solo. El 7 de septiembre hubo un movimiento sísmico previo que afectó las zonas de Chiapas y Oaxaca, mismas que se han visto muy afectadas, y el sábado 23 se sintió un sismo cuyo epicentro estaba en el Estado de Puebla. Por todos lados y desde varios frentes la CDMX fue sacudida y agitada en menos de un mes.

No deja de ser sorprendente que el S19 ocurriese exactamente treinta y dos años después que aquel sismo de 1985. El mismo día, treinta y dos años después. Esta situación no deja de ser impactante y puede parecernos hasta irónica. Quizá nos lleve a pensar hasta en una determinación divina o, incluso, demoniaca. En cualquier circunstancia, nos deja con una sensación de un fuerte impacto del que es difícil salir, de duda, escepticismo y mucho temor.

De diversos modos, el temblor de 1985 no deja de ser un antecedente para el de 2017. Quienes vivimos el primero, lo re-vivimos en el segundo. Quienes no, la referencia de un evento catastrófico, real y desconocido produce diversos efectos: desde un enorme temor a eso que no se experimentó pero que está presente por sus consecuencias y por la cercanía para las generaciones que estuvieron ahí, hasta una gran angustia precisamente por los mismo: por lo desconocido de un evento que nunca ha dejado de estar ahí, como una sombra, como un fantasma. Entonces, por múltiples razones y desde diferentes lugares, no vivimos un sismo sino dos, diversos y empalmados en el tiempo, independientemente de nuestra edad y de nuestra condición.

Un temblor, sobre todo uno de esta magnitud, nos enfrenta con la vulnerabilidad de la condición humana. Nos hace sentir pequeños e indefensos, indefensos ante las fuerzas de la naturaleza, que nos abruma, nos sobrecoge y nos oprime. Irrumpe sorpresivamente e interrumpe el tiempo cotidiano, el tiempo de la vida; lo detiene y lo marca con un acontecimiento inesperado que determina un “antes” y un “después”. Nos recuerda lo insignificantes que podemos ser. Lo efímero de la vida humana. Nos lleva a sentirmos impotentes ante estos imponderables que irrumpen sin avisar y sin que podamos hacer mucho al respecto, porque son más grandes que nosotros y nos muestran, de alguna manera, nuestro lugar de fragilidad.

Quizá por ello, tenemos esta reacción de salir a las calles en un intento por llevar a cabo alguna acción al respecto, buscar cómo ayudar, cómo hacer algo y cómo dar alguna respuesta a todas las preguntas que nos asaltan. Al hacerlo, nos encontramos con otros que se sienten de manera semejante y nos acompañamos unos a otros, nos sentimos menos solos y menos débiles. Menos vulnerables. Nos fortalecemos. Así, se construye y se establecen las bases y los fundamentos más auténticos de la solidaridad. La solidaridad que nos lleva a la búsqueda por rescatar algo, algo de eso que se ha venido abajo y a reconstruir de nuevo algo de lo caído.

Al hacerlo, nos encontramos también con nuevas versiones de nosotros mismos, con aspectos inéditos de nosotros que desconocíamos y que pueden llevarnos a lugares extraordinarios, desde los mejores hasta los peores.

Un temblor externo siempre sacude nuestros temblores internos. Literalmente, nos mueve el piso. En muchas ocasiones, abre heridas viejas que no estaban bien cerradas, que no habían cicatrizado bien y que llevan ahí mucho tiempo, medio adormiladas, sin ser atendidas. Lo externo despierta, alerta, impulsa lo interno y lo empuja hacia la superficie, así como los movimientos internos de la tierra producen una sacudida exterior. Hace salir viejos conflictos y los recarga de la energía necesaria para manifestarse y expresarse después de llevar mucho tiempo silenciados.

Algunos de esos conflictos vienen de nuestra infancia y salen a la luz precisamente porque estos eventos, enormes e imponderables, nos hacen sentir pequeños, chiquitos otra vez. De una u otra manera, nos remiten y reconducen a nuestra infancia. Entonces, lógicamente, despiertan y actualizan aquellas cuestiones de antaño que se nos han quedado pendientes. Esta vez, tal vez, nos impulsan a atenderlas y se nos hacen evidentes con una fuerza nueva que antes no tenían. Y así, reforzadas, se nos imponen como el sismo que nos ha hecho temblar hasta lo más profundo de nuestro ser.

Se producen nuevas grietas. Un sismo no deja inmune a nadie y nos pone a todos en movimiento. Todo lo sacude y nos sacude a todos. Entonces, ¿quién puede necesitar ayuda ante un temblor? Todos. ¿Quién puede requerir apoyo emocional después de un sismo? Todos. Todos podemos necesitarlo. Sin demeritar ni minimizar a aquellos que han perdido seres queridos; sin trivializar a aquellos que se han quedado sin el patrimonio de una vida o la herencia para sus hijos, todos podemos necesitar, querer, buscar un apoyo emocional. Los primeros, los que perdieron a alguien de manera sorpresiva y cruel o se han quedado sin un techo donde resguardarse de la lluvia o de la noche, quizá los necesiten con mayor urgencia y apremio. Pero todos nos hemos visto sacudidos por estos movimientos de la tierra que nos han puesto a temblar y todos nos hemos visto convocados, de una u otra forma, por las magnitudes del evento. Todos nos hemos visto descolocados y no sabemos cómo ubicarnos ante esta nueva realidad, que no es la de antes. Todos podemos necesitar con quien hablar. Todos tenemos preguntas sin resolver.

¿Qué tipo de ayuda emocional? Nuestra respuesta es triple:

  1. Escuchar, ante la necesidad de hablar, que es primaria. Incluso los niños necesitan expresar sus emociones para poder acomodar la experiencia que vivieron y sufrieron y que, al igual que todos, no sabemos cómo acomodar.
  2. Contener, apoyar a quienes sentimos angustia, una ansiedad galopante, un temor intenso, un terror nocturno que nos quita hasta el sueño.
  3. Acompañar, para mitigar la sensación de desolación que estos eventos y desastres naturales dejan a su paso.

Para aquellos quienes necesiten todavía un espacio de este tipo, ofrecemos un servicio gratuito de escucha y contención, por vía presencial o por vía telefónica. Soy Katia Weissberg Glazman, Psicoanalista del Círculo Psicoanalítico Mexicano, Psicoterapeuta de niños y adolescentes del Centro Universitario Emmanuel Kant y mi número de contacto es el 55-66-79-68-44.

 

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